No soy trofóloga ni vegetariana

Antes de comenzar a compartirles recetas, quiero aclarar que no soy experta, no estudié nutrición, ni gastronomía y mucho menos trofología pero si soy autodidacta y también creo que heredé por parte de mis abuelas y mi papá un sazón sabroso, gozoso y frondoso con respecto a la preparación de alimentos. También quiero reconocerme a mí misma las horas de experimentos e intentos de seguir recetas que no quedaron muy bien y la gran pasión por lograr impresionar a mi propio paladar, y claro que cabe mencionar que empecé a crear alimentos realmente sabrosos muy recientemente, sospecho que fue para enamorar a la panza de mi hombre, y lo logré, y la verdad es que me deleito con sus expresiones cada vez que le encanta algo. Todas estas etapas me van creando y me van llenando de aún más pasión y amor por crear con mis propias manos.

Pero aquí va la otra parte del cuento. Antes, en mi época de no saber administrar mi dinero, comía fuera de casa prácticamente todo el tiempo. Gastaba mucho dinero y no tenía un equilibrio sano en mi alimentación. Recuerdo que cuando era muy carnívora empecé a frecuentar mucho un restaurante en los portales de mi Morelia querida. Y un día comiendo en ese mismo lugar, mi amiga Laura me dijo que una de mis piernas eran tres piernas suyas (no, no lo dijo para lastimar, lo dijo porque era la verdad). Y me di cuenta de que no estaba cuidándome bien, no era consciente de todo lo que comía (ni de todo lo que gastaba), y estaba actuando de una forma muy hedonista evidentemente.

Un tiempo después el que fué mi profesor de Yoga, Sat, me pidió que me sentara en la barra de su cocina y me puso a ver el documental de ¨Terrícolas¨ al día siguiente dejé de comer carne. Comencé a buscar alternativas por todos lados y como aún no estaba muy de moda ser vegetariano no encontraba lugares para comer. Empecé a experimentar en casa, aprendí a hacer chiles rellenos, rajas con crema, caldos, cremas, ensaladas y muchas pastas pero nunca lograba complacerme realmente. Y estuve bien por un tiempo, comiendo mis experimentos insípidos, quemados o crudos.

Un año después fui a Irán a visitar a mi abuela paterna y sabía que después de seis años de no vernos, iba a querer cocinar todas las delicias de ¨abuela Iraní¨ para su primera nieta, hija de su primer hijo. Sabía que iba a comer carne y un mes antes de llegar pasé por una gran lucha interna. No quería ofenderla ni limitarla de ninguna manera. Así que tomé una decisión, iba a comer todo lo que preparara para mi y lo iba a recibir con todo el amor y todo el respeto que se merecían mi abuela y los animales.

El primer día preparó uno de mis platillos favoritos que lleva pollo y los primeros bocados fueron difíciles, sin embargo, decidí no pensar que eran un animal y simplemente disfrutar todo el conjunto de sabores y todo el amor que le había puesto mi abuela a ese platillo (la comida Iraní por lo general tarda varias horas en prepararse y lleva muchos ingredientes y especias).

Y así pasé las siguientes semanas embelesada por todas las combinaciones y fusiones de sabores que había en cada una de sus preparaciones. Y para que me entiendan un poco mejor, un día nos invitaron unos amigos a comer a un restaurante muy elegante y supuestamente muy rico, después de probar los primeros platillos volteé y le dije a mi abuela en voz baja, ¨nunca más quiero comer en otro lugar que no sea tu casa,¨ reaccionó con una risita de satisfacción. Es una chef mi abuela y no me arrepiento ni un segundo de haber tomado la decisión de comer carne mientras estuve con ella.

Después de esto mi paradigma cambió y me permití a mi misma ser más flexible con mis decisiones, no tenía porque seguir dogmas que yo misma me estaba creando. Por lo menos había aprendido a ser consciente de lo que entraba a mi cuerpo y ya no comía simplemente por el placer de comer lo que me supiera bien. Me di cuenta de que cuando era carnívora nunca pensaba en el animal que estaba comiendo, no sabía de dónde venía, no sabía como lo habían alimentado, como había vivido y cómo lo mataron. No era consciente de lo que estaba comiendo.

También en esta época creció mucho mas mi amor por los animales. Adopté a una perrita que me encontré en la calle y después de un mes me di cuenta de que estaba embarazada, tuvo a once perritos. Los cuidé, los amé muchísimo y les encontré hogares para que fueran muy felices. Me quedé con dos de los bebés que me conquistaron y enamoraron completamente. Y cuando te enamoras de esta forma de unos animales, tu perspectiva hacia el reino animal que estabas consumiendo cambia inmensamente.

Transmutaciones en cada uno de los ciclos que voy viviendo.

En mi artículo de Tierra y Flora hablo de cómo pasé por una serie de enfermedades con las cuales tuve que tomar muchos antibióticos y medicinas, me intoxiqué y barrí con toda mi flora intestinal que alguna vez estuvo sana y contenta y esto implicó tener aún más enfermedades, un círculo vicioso. Pero algo bueno de todo esto es que descubrí mi gran amor por los productos fermentados. El sauerkraut, el keffir, la kombucha, el kimchi, se me hace agua la boca, dios mío! Todos estos alimentos vivos comenzaron a ayudarme en el proceso de regeneración de mi querida microbiota. Y de esto les quiero hablar y mucho!! Así que iré compartiendo recetas, historias, experimentos y descubrimientos, sobre todo de mi nueva pasión encontrada, ¨Alimentos Vivos.¨

Hoy soy mucho mas consciente de lo que estoy comiendo, creo fervientemente en que nuestro alimento es nuestra medicina. Casi nunca como carne, en casa nunca hay y no quisiera que esto cambiara algún día, y si, he llegado a comer carne (pollo, pescado y carne de vaca) en situaciones muy específicas, siempre con mucho respeto y mucho amor. Y así como es importante saber de donde vienen nuestros alimentos también es importante la manera en la que los preparamos, la manera en que comemos y con quienes compartimos nuestros manjares. Tanto que explorar, conocer y aprender, que delicia.

Gracias por leerme y hasta muy prontito ❤

Por amor a la tierra, Yasamin

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